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Un Poco de Risa (Cap.2, parte 3)

Ciertamente, he de irme a la cama, y no tengo la más mínima intención de narrar mis años ‘’triunfales’’ en la calle, no. Sólo diré que durante algún tiempo, tal vez demasiado, mis amigos y yo recibimos el máximo respeto que uno puede encontrar en el lumpen y en la calle. Sí me veo, en cualquier caso, necesitado de contar algunas vivencias que nos cambiaron al Varo, al Negro, al Tronko, al Carlos y a mí mismo para siempre.
Sepan que nuestras reglas no eran las mismas que tenía la sociedad. Nosotros y quienes nos rodeaban respetábamos cosas distintas a las que puede respetar un médico, un barrendero, o cualquier persona de bien. Nosotros respetábamos la fuerza, el engaño, la pericia, el furor de guerra; respetábamos las armas, el fuego, la destrucción; temer, no temíamos. Entiéndase, pues, que al poco tiempo de vivir así, ninguno de nosotros encontraba problemas en hacer daño, sino que más bien lo veíamos como algo normal, necesario y hasta beneficioso. Esa era nuestra forma de vida. Hoy me odio por las cosas que hice, y siento que jamás dejaré de odiarme.
No gusto de narrar acontecimientos que destruyeron a mis mejores amigos, así que me centraré en las cosas que yo mismo hice y que me partieron. Si Lord Henry supiera como me refugio en la consciencia… ojalá muriera mañana, y acabaran así mi infinito sufrimiento. Pero bueno, sepa el lector que estas vivencias que me marcaron no fueron distintas a las acometidas por mi banda.

Una vez, al filo de una temida madrugada, mientras drogado y enérgico, en alegres meditaciones atrapado, inclinado sobre un viejo y acabado agente de policía, sonriendo, nada asustado, oyóse en mi cabeza un fuerte ‘bam’, como si suavemente terminara, terminara una vida humana.
- Ahora. - Pensé musitando- ningún problema dará este poco corrupto policía. Dejad, pues, que se pudra y muera, y así, vivir yo pueda en el goce y sin tragedia; dejad que mate y no muera, y así, abandone yo mis pesares y penas. Es sólo un muerto.
Lo que debí pensar y no pensé fue ‘’y nada más’’, o ‘’nunca, nunca más’’.
Ciertamente, he de irme a la cama, y no quiero, no, no puedo seguir más. Los recuerdos que me han asaltado escribiendo sobre aquella maldita, inolvidable y larguísima época me hacen llorar, y no sé si mañana podré siquiera continuar. Espero levantarme de otro ánimo; tal vez sueñe algo bello, olvidado, querido; tal vez, tras una noche de lágrimas y relámpagos, despierte sin pesar, feliz, y con ganas de vivir. Sinceramente, lo dudo mucho.

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