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Vir bonus

Avanzados ya tantos estadios a pie, estaba exhausto. No había parado de hacer bondades en todo el día: primero, ayudé a un pobre hombre a quien unos niñatos mugrientos y bellacos estaban maltratando. El señor mayor, que alcanzaba los sesenta años, estaba tumbado rodeado por aquellos malditos niños del demonio, quienes le hinchaban a patadas y le escupían. Por lo que me dijo el anciano después de que ahuyentara a esos cabrones, él no había hecho nada; fueron los jóvenes quienes, sin móvil ni provocación, atacaron al señor. Anduve con el pobre ultrajado hasta que nuestros caminos se desviaron y tomó él por otro camino.

Luego, tras un par de horas andando solo, me encontré con un joven patricio que lloraba mientras andaba en dirección contraria a la mía. Estoy seguro de que no alcanzaba los diez años. Evidentemente, le pregunté qué hacía tan lejos de cualquier pueblo, solo. Se había perdido, claro; dediqué casi una hora a tranquilizar a la criatura, y otras dos horas más en encontrar a sus padres. Me desvié de mi camino aun teniendo muchísima prisa, pero, ciertamente, fue reconfortante ayudar a tan inocente criatura.

El camino real, al estar yo no muy lejos de la ciudad de Roma, era seguro y transitable: ningún pueblo bárbaro se atrevería jamás a adentrarse tantísimo en territorio Romano. Es de imaginar entonces que, al ver a un hombre negro, desnudo, sucio y ensangrentado, me asustara; no sabía qué hacía allí, ni quién era, ni qué podía esperar de él. Aumentó aún más mi sorpresa cuando el bárbaro me habló en latín. Por lo visto, un grupo de esclavos, entre los que él no estaba incluido, había traicionado a su amo y se habían escapado aturdiendo, hiriendo o matando a todo el que se interpuso en su camino. En el fragor del momento, muchos huyeron, no sólo esclavos, sino también su amo y otros romanos libres, asustados por el repentino ataque. El pobre bárbaro que yo encontré había quedado solo, abandonado, sin saber dónde ir ni qué hacer. Lo llevé conmigo hasta que, por casualidad, me topé con un grupo de legionarios que lo llevaron a Capua, donde se suponía que estaba su amo. Así, añadí otra muy buena acción a mi día. Estoy seguro de que soy un hombre justo, y de que los dioses me quieren.

Ahora, acabando el día, debo descansar. Encontré hace unos minutos a dos niñas de unos doce años, las dos preciosas, que para nada parecían patricias. Eran esclavas de no sé qué antiguo veterano, y decían haber huido presas del pánico hacia su amo, quien las golpeaba y atormentada. Ciertamente, no me arrepiento para nada de violarlas a ambas; eran hermosas. Lo único que sí lamento es haberlas matado; debería haberlas llevado con su amo para que él lo hiciera.



Nota de autor: Terrible es lo subjetivamente bueno, y terrible es lo socialmente aceptable. Téngase en cuenta que, sin duda alguna, nadie en Roma habría pensado nunca que el responsable de los hechos narrados pudiera ser alguien malo o inmoral, ni mucho criminalizable. Terrible es lo subjetivamente moral, y la ley es siempre terriblemente subjetiva.

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