Pavper
no puede ir a la moda.
Él
era un hombre pobre, de unos treinta años, sin trabajo ni
posibilidad de encontrarlo, soltero y solitario. Vivía en París,
solo, en un pequeño cuartucho barato de las afueras de la ciudad.
No puede decirse que el nuestro sea un héroe clásico, pues no es un
personaje valiente, ni guapo, ni elegante, ni inteligente… ni
siquiera tiene dinero. Tampoco puede decirse que sea malo; si no es
especialmente bondadoso, tampoco es cruel ni injusto. Desde luego, es
poco leído e inculto, y esto es posiblemente el pecado más grave
que comete.
Como
la gran mayoría de los habitantes de París, Pavper vive alienado y
perdido, sin rumbo. Él no encuentra la felicidad en dar, pero
tampoco en recibir, ni en estar con personas, ni en el cariño de
una mujer; él, perdido y sin rumbo, sólo quiere vestir con las más
exquisitas prendas, aquellas que más a la moda estuvieran. Como es
de suponer, su precaria situación económica se lo impide, pero aun
así, él intenta ahorrar, aun renunciando a la comida o a la luz.
El
circulo enloquecedor que se repite alrededor de nuestro hombre es
triste y brutal: cada temporada, cada mes, Pavper compra, con todo lo
que ha conseguido ahorrar, las más exquisitas prendas de la ciudad,
pero, ¡ay! ¡Qué poco tiempo se mantienen estas en la moda! No
pasan apenas dos días cuando, con el corazón roto y la mente
espesa, Pavper comprende que sus prendas han pasado de moda, y que ya
nadie le mirará con respeto, sino con desprecio y desde la
superioridad que el buen vestir aporta. Los sentimientos que estos
hechos causaban en nuestro hombre son devastadores, inimaginables,
indescriptibles. Como el león que tras horas de lucha y cansancio,
tras tiempo sin alimentarse, después de luchar varias horas con un
enorme ñu, ve venir a un grupo numeroso de hienas y se retira,
humillado, dejando a éstas su botín, así se sentía Pavper cada
vez que la carroñera moda venía y acababa con su felicidad.
Un
día lluvioso, de mediados de otoño, a eso de las cinco de la tarde,
Pavper paseaba por el centro de París. Sus prendas habrían sido
aceptables hacía tres días, pero ya no, ya estaban obsoletas. Este
pensamiento invadió la mente de nuestro hombre cuando abandonó su
hogar, y debía acompañarlo hasta el fin del día. No tenía ningún
dinero, ni siquiera para comer , pero de todos modos, Pavper fue a la
mode, a ver las últimas
tendencias y vestidos. No entró, sino que se quedó en la puerta,
como un vagabundo, sabiéndose no querido en un lugar tan exquisito,
donde la gente vestía tan bien. Tras casi una hora mirando el
escaparate meditabundo y esperanzado, Pavper se despidió mentalmente
de las prendas y emprendió su camino de regreso, y entonces se fijó
en una pequeña tienda inmediata a ‘la mode’,
y sin saber muy bien por qué, entró. No era que el local le
interesara, sino que una fuerza extraña, ajena a él, lo impulsaba.
Dentro
no había nada salvo polvo. La habitación no era pequeña, pero
estaba completamente vacía, y sólo una pequeña mesa redonda
situada en el centro de la habitación, con un par de sillas encima,
adornaban la sala. Cubría todo el suelo una no poco generosa capa de
polvo que incluso hacía que nuestro hombre dejara marcadas huellas
a cada paso. Tras un minuto en silencio, absorbido por algo que ni el
mismo entendía, Pavper se decidió por habla fuerte y claro, a ver
si alguien acudía. El eco que produjo su propio saludo asustó a
nuestro pobre alineado, y tras pocos segundos un hombre apareció de
alguna parte sonriente y vistiendo harapos sucios y viejos. Parecía
tener unos sesenta años, llevaba una barba bien recortada muy
blanca, tenía la tez pálida y era de ojos negros y penetrantes. El
hombre se sentó en una de las sillas e indicó a Pavper hacer lo
propio.
-Muy
buenas. Mi nombre es Demócrito. ¿A qué ha venido a verme?
-No
lo sé muy bien. Vi la puerta por primera vez en mucho tiempo, y yo
paso por aquí casi a diario… una extraña sensación me invadió y
obligó a entrar.
-Comprendo.
¿Y a dónde te dirigías, si puede saberse?
-Volvía
a casa de mi paseo. Acaba de estar en ‘la mode’, seguro
que conoce usted la tienda.
-Ya…
y supongo que no tienes ni idea de qué es este lugar…
-No,
no tengo ni
idea.
-Bien.
Yo me dedico a… bueno… a la quiromancia. Supondré que sabes qué
es. ¿Quieres mis servicios?
-¿Pueden
estos ayudarme? Mi alma siempre está apesadumbrada y sangrante, pues
mi única ansia se halla en el estilo y la moda, mas estos se escapan
siempre de mi mano debido a mi insufrible pobreza. Si cree que puede
ayudarme, hágalo, por favor. Mi existencia es vacía y cada instante
de ella punzante y doloroso.
Sin
dar respuesta alguna, el quiromántico tomó la mano de nuestro
hombre y a tocarla minuciosamente en silencio, pero a Pavper le
pareció que el otro apenas prestaba atención a la mano, como si
fuera irrelevante. El proceso debió durar unos tres minutos, y al
acabar, Demócrito levantó la cabeza mostrando la misma
imperturbable expresión con la que había recibido a su cliente.
-Debes
irte de esta ciudad, muchacho, y buscarte, encontrarte, conocerte.
Aquí sólo encontrarás dolor, soledad, alienación. Vete, te digo,
y encuéntrate.
-Umm.
Perdóneme usted, pero creo que no me ha entendido. Yo quiero que me
ayude a ir-a-la-mo-da. No es tan difícil, ¿no cree?.- La respuesta
Pavper iba cargada de dolor y odio, pues no le habían gustado nada
las palabras del viejo; es más, no podría haber dicho nada más
dañino a nuestro hombre. El viejo respondió sin dejar de mirar a
los ojos de Pavper.
-Ve
a comprar lotería, que sé que te tocará. Con ese dinero podrás
vestir como te plazca, y vivirás como un rey.
Muy
contento se fue nuestro hombre a comprar un boleto de lotería, y
efectivamente se hizo rico.
Primero
se compró ropa, mucha ropa. Luego una casa, y un coche, y más ropa,
y contrató a criados a los que no trataba bien, y todas las mujeres
querían estar con él, y todos los hombres le envidiaban, y él
vestía mejor que todos ellos, y nunca, nunca fue feliz.
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