Mi nombre cambia con cada frontera; no solo ya de país a
país, sino incluso de época a época. Es curioso que, aun siendo mi nombre tan
moldeable, haya significado tantas cosas distintas a lo largo del tiempo y el
lugar.
Tiempo ha, cuando los humanos me vieron a bien nacer,
llamáronme L., y cuando hablaban de mí, no hablaban sino del saber relacionado
con el ars/artis de leer y escribir. Como es de imaginar, tamaña generalización
sobre mi ser es ya arcaica y está obsoleta, mas todavía me gusta recordarme como
tal. ¡Cuánto tiempo pasé abarcando tantas cosas!
Muchos siglos después, con la llegada de aquel movimiento
que habría de resquebrajar la teoría mimética para traer el yo al hombre, y el
hombre al yo, vino también un gran cambio en mi nombre. Para empezar, empecé a
ser llamado de distintas formas, todas parecidas pero ninguna igual. Esto me
gustó, pues implicaba que en todas partes era yo conocido y apreciado; ahora
bien, una vez cambiada la fonética de mi nombre, empecé a notar que ya no era
yo lo que era antes, sino que ahora los hombres hablaban de mí para referirse ‘’a
una actividad específica y su producción resultante’’... como es de imaginar,
esto me gusto todavía más.
Luego vinieron las Julietas y los Romeos, más centrados que
antes en saber que el yo es el hombre y el hombre es el yo, y estos, como
suelen hacer, lo revolucionaron todo. Aquí mi nombre saltó por los aires, y con
mi sola mención podía estarse hablando de mil realidades. Entre las más
irrespetuosas, y no por ello menos importante, subrayo el ‘’tout le rest est
litterature’’.
Entre todos estos odiosos de la alienación estaban los más
grandes, y ellos también hablaron de mí. Hablaron de mi función, de qué tendría
yo que decir y de cómo debía yo ser, ¡Ellos, los genios del ‘’yo propio’’!
Dijeron cosas de la armonía, de la estética, de la belleza, de la ambigüedad...
hablaron no solo de cómo tendría que ser, sino que se esforzaron sobremanera en
establecer lo que no era, y lo hicieron: me alejaron de extremidades que yo
había considerados inherentes a mí desde que se me nombró, tales como la
historia o la crítica. ¡Cuántos problemas hubieron de encontrar aquellos genios
para ‘’establecerme’’! Entre estos sabios todavía hoy, ya todos muertos, hay
pelea por ver quién tenía más razón sobre mi ser.
Ellos, los antiguos, me dieron forma y nombre, y luego, tras
cambiarlos, me dijeron qué hacer, qué decir, cómo ser. Hoy, la minoría que
queda para estudiarme y amarme no me ha hecho más grande ni más famoso, pero
han conseguido algo. ¿Qué? Han dicho:
‘’Quedarán excluidas de la literatura las obras despojadas
de intenciones y cualidades estéticas; serán literarias aquellas cuyo mensaje
crea su propia realidad. ’’ E Silva
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