Muero. En una verde y cómoda cárcel, muero. No niego que lo
merezca, es más, creo que es lo que debe ocurrir; no habrá en el mundo un ser
tan deleznable, cruel y malvado como lo he sido yo, y cuando me vaya, el mundo
será algo mejor. Hablar ahora de mis innumerables crímenes irreparables como la
tortura o el asesinato no me parece en ningún modo aceptable ni útil; las
motivaciones que me llevaron a ser lo que fui también carecen de importancia.
Lo que siento que he de comunicar son los terribles sentimientos que ahora,
tarde, con todo hecho y sin vuelta atrás, siento. La desolación de una vida
cruel me atormenta; los niños que hice trabajar por comida susurran en mi oído
mientras el bata-verde de turno me inspecciona en silencio, casi con miedo de
mirarme a mis inertes y perdidos ojos de loco enfermo; los rostros de las
familias arruinadas y caídas en desgracia por mi culpa están presente en todo
momento en mis mientes, como lo cadáveres de guerra que enloquecen al soldado y
permanecen en su cabeza, así estas familias aparecían ante mis ojos, ante los
mismos ojos ante los cuales niños abandonaron sus casas, ante los mismos ojos
ante los cuales mujeres murieron de hambre, ante los mismos ojos ante los cuales
ha florecido la muerte ajena en pro del beneficio propio.
No saben lo que me ocurre. Mi dinero, que siempre lo fue
todo, mi riqueza, que tantos bienes me ofrece, no puede encender mi vela, sólo
atenúa la llama y alarga mi sufrimiento. ¿Por qué hice cuanto hice, si ahora de
nada me sirve lo que conseguí siendo como fui? Falto de capacidad de
movimiento, sin poder siquiera mover los ojos, pienso en mi vida y en mi
muerte, y dudo cual fue más placentera. Sin duda, no dormir durante años, comer
lo mínimo, hacer sufrir a quien sea y hacerme sufrir a mí mismo no me fue sino
doloroso durante toda mi vida, pero a cambio pude formar un imperio, como
Napoleón o Julio César, yo sacrifiqué mi bondad y vida por algo más elevado,
por el poder, por el dinero.
¿Pero por qué me siento ahora así? Siempre dormí mal, es
cierto, pero sabiendo que hacía lo que debía hacerse, sabiendo que, de haber
tenido al hijo que nunca tuve, este habría tenido la vida hecha, como todo buen
hombre debe procurar. ¿Qué más dará el no haber tenido hijos? Yo hice lo que
todo hombre de bien debe hacer, sacrificar mi moral por la vida, por el poder.
Aunque ahora... ahora muero... joven, débil y malvado, muero como cualquier
pobre anciano...
No sé qué es lo que más odio de mi viaje: odio el tráfico de
médicos por mi cuarto, odio la falta de visitas de algún familiar, odio el
dolor sordo y constante que atenaza mis miembros, odio la falta de movilidad y,
en definitiva, odio morir solo. Pero también odio lo que mi mente me procura, y
aborrezco la triste y cobarde consciencia que me golpea y oprime; no soporto
pensar mal de mí ni odiarme como me odio, pero no puedo evitarlo. Me creo,
mientras duermo por última vez, un ser despreciable, y esto no me permite
descansar. De hecho, siento que lo único que me mantiene con vida es el asco
que me tengo, que no me deja dejar el sufrimiento atrás y marchar.
No sé cuánto tiempo llevo ya aquí postrado, sangrante de
ánimo, débil, inutilizado, pero quiero morir ya; recuerdo tener unos
veinticinco años, y lo que pienso es que he vivido de más.
Hacía mucho tiempo que no percibía nada por los ojos, y ahora de repente creo ver: algo verde, móvil, luminoso, está justo enfrente de mí; parece tener brazos, y la boca tapada por una máscara, y le oigo decir:''se salvará, se salvará.'' Evidentemente, viviré otros sesenta años exactamente igual a los veinticinco primeros.
Hacía mucho tiempo que no percibía nada por los ojos, y ahora de repente creo ver: algo verde, móvil, luminoso, está justo enfrente de mí; parece tener brazos, y la boca tapada por una máscara, y le oigo decir:''se salvará, se salvará.'' Evidentemente, viviré otros sesenta años exactamente igual a los veinticinco primeros.
Comentarios
Publicar un comentario