No podía soportarlo más. Sentía su cuerpo encima de mí, sus
labios acariciando tiernamente mi espalda y su cálido aliento contra mi piel.
Su sola respiración aceleraba el ritmo de mi corazón a límites inimaginables;
el pavor que me producía aquel hombre me era insufrible.
Cada amanecer sentía sus labios sobre los míos al despertar
y lo descubría observando mis labios con satisfacción y cariño... él me amaba;
no se merecía los desagradecidos sentimientos con los que yo tanto debía
afligirlo y ensombrecerlo, pero no me era posible ponerles fin, pues lo que
hacia él yo sentía manaba de lo más profundo de mi ser, de lo más obscuro de
mí. Ni siquiera yo habría podido decir qué temía de mi marido.
Durante el desayuno, antes de que se marchara a llevar a los
niños al colegio de camino al trabajo, comíamos entre risas y caricias.
Los niños siempre hacían ruido y daban a
la casa ese efecto familiar que no puede conocerse sino viviéndolo, y solo en
esos momentos me sentía de verdad dichosa y feliz, pero esos efímeros instantes
de felicidad se me escapaban de entre mis manos cada día, cada mañana... y a
medida que pasaba el tiempo iba temiendo más y más, sin saber siquiera por qué,
a mi marido.
Él era un hombre de lo más sacrificado. Cada mañana se
levantaba temprano y trabajaba hasta la noche. Apenas podía disfrutar de su
familia, pero durante las pocas horas que tenía para ello me costaba tanto no
hacerle ver mis sentimientos... pobre. Nunca se mereció lo ocurrido, nunca se
mereció topar conmigo.
Nuestro hijo mayor tenía ya trece años y el menor siete.
Aquella mañana, tras una noche sin luna y de no dormir, cuando mi hombre me
despertó con un beso se encontró con la más grande de las desesperaciones en
mis ojos, pues apenas pude ocultarla cuando lo vi sus enormes brazos rodeando
mi cabeza y sus labios apenas a unos centímetros de los míos.
-¿Qué ocurre?.- Me
preguntó asustado.
- Nada, nada. He
tenido un sueño muy extraño y...- Entonces me abrazó con fuerza la cabeza, y
dijo:
-Tranquila, ya ha
pasado. Tranquila.- Y se quedó así durante casi un infinito e interminable
minuto que lleno mi ser de agonía, repugnancia y, sobretodo, miedo. ¿Por qué
sentía tales sentimientos contra alguien que de verdad me amaba?
Pasé el día como cualquier otro: con miedo a que el sol se
pusiese y con remordimientos por los insoportables sentimientos que sentía
hacia aquel que me amaba. Lloraba, lloraba y lloraba cada día, y aquel no fue
diferente... tal vez lloré un poco más.
-¡Buenas! ¿¡Qué hay
de cena, amor!?.- Llegó a casa histriónicamente contento, casi gritando en su
euforia.
-Estoy cocinando
algo de carne y un puré de patatas para acompañarlo. Tardará un momento. ¿Cómo
es que has llegado tan pronto?.- Le pregunté.
-¡Eh! ¿Pero qué dices? No llego temprano. -Dios santo. ¡Tenía razón!
¿Cómo podía ser aquello posible?
- Huy. Lo... lo siento muchísimo, cariño. Yo.. yo...
-Tú qué. ¿Eh? ¿¡Tú qué?! ¿¡Para eso llevo yo trabajando todo el día?!
Y me pegó. Me pegó más fuerte que
de costumbre, con saña. En realidad, yo me lo merecía y lo sabía, y por eso no
me enfadé con él.
Aun sabedora de que él no tenía culpa de nada, que lo único
que había hecho era quererme y ayudarme, a la mañana siguiente el miedo, el
pavor, la repugnancia... todos los sentimientos que yo sentía por él habían
crecido, y eso me destrozó el corazón, pues supe que yo no era una buena
persona. Yo odiaba y temía a aquel que más me amaba, y no podía hacer nada para
remediarlo. Es por esto, por mi desdicha y mis incontrolables pasiones que
tanto sufrimiento han causado a otros y a mí misma, por lo que he decido
quitarme la vida.
Comentarios
Publicar un comentario